La artificial dicotomía entre progreso y protección ambiental - Columna de opinión
- 25 mar
- 3 Min. de lectura
Las organizaciones de conservación sabemos que el crecimiento económico es importante. En tiempos de recesión e inestabilidad, la protección del medio ambiente suele verse particularmente afectada. Al mismo tiempo, el mundo empresarial reconoce cada vez más que la sostenibilidad no es un lujo, sino una condición para el desarrollo.

Mary Johnstone-Louis, de la Universidad de Oxford, detalla en un libro publicado en 2024 por Harvard Business Review Press cómo los gerentes de sustentabilidad participan cada vez con mayor frecuencia en reuniones con inversionistas. En paralelo, un número creciente de empresas publica anualmente memorias ESG (Ambiental, Social y Gobernanza), incluidas compañías chilenas como CMPC, Arauco, Enel Chile y CCU. En algunas jurisdicciones, estos reportes han dejado de ser voluntarios: en la Unión Europea son obligatorios bajo marcos regulatorios recientes, y en Chile también lo son para grandes empresas supervisadas por la Comisión para el Mercado Financiero.
Los inversionistas están cada día más conscientes del impacto concreto que estos reportes —que transparentan la gestión ambiental y social— tienen sobre el desempeño económico de las empresas. Resulta, entonces, llamativo que algunos actores políticos sigan promoviendo una supuesta dicotomía entre desarrollo económico y protección ambiental. A mi juicio, esa dicotomía es artificial.
La evidencia científica es contundente: nuestra economía depende profundamente de la naturaleza. Los ecosistemas nos proveen servicios esenciales como aire y agua limpios, regulación de plagas y enfermedades, mitigación del cambio climático, acceso a alimentos, y beneficios directos sobre el bienestar y la salud mental. Además, generan actividad económica directa. Por ejemplo, en países como Nueva Zelanda se estima que el turismo —mayoritariamente basado en la naturaleza— contribuye cerca del 8% del PIB.
Este vínculo ha sido reconocido incluso a nivel global. En 2025, la Organización Mundial de la Salud adoptó el Acuerdo sobre Pandemias, que busca fortalecer la prevención y respuesta frente a crisis sanitarias como el COVID-19, reconociendo sus enormes costos humanos y económicos. Este acuerdo promueve el enfoque de “Una Salud” (One Health), que entiende que la salud humana, animal y ambiental están intrínsecamente conectadas.
Estos ejemplos muestran que el desarrollo económico y la protección ambiental no solo son compatibles, sino interdependientes. La caricatura de que la conservación —por ejemplo, la presencia de una especie amenazada— bloquea sistemáticamente proyectos de inversión no refleja la realidad. En la mayoría de los casos, los proyectos son aprobados cuando cumplen con la normativa vigente, incluyendo medidas de mitigación y compensación.
Más preocupante aún es la idea de que el valor de la naturaleza debe “ponerse en la balanza” frente al bienestar humano. Esa balanza es ficticia. La evidencia es clara: la única forma de lograr un desarrollo económico sostenible en el tiempo es reconocer que las personas y la naturaleza están en el mismo lado.
Ignorar esta realidad no solo es un error conceptual, sino una decisión costosa. Las políticas públicas que desestiman la interdependencia entre economía y medio ambiente terminarán generando mayores costos para Chile y para las futuras generaciones.

Dr. Andrés Valenzuela Sánchez Presidente, ONG Ranita de Darwin, Subdirector del Magíster en Wild Animal Biology & Wild Animal Health, Zoological Society of London & Royal Veterinary College, Reino Unido y Presidente Comité de Gobernanza, Estrategia Binacional de Conservación de las Ranitas de Darwin.
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