|OPINIÓN| De mi amor por las ranas africanas y otras especies invasoras

Existe controversia, al menos en alguna parte de este planeta, sobre las motivaciones para trabajar en conservación de la biodiversidad. Existen dos posiciones, no excluyentes según mi entendimiento; la primera, podría decirse que es nacida desde una visión cercana al pensamiento de Aldo Leopold y que en palabras sencillas se resume como el amor o respeto por el valor intrínseco de cada ser viviente. La segunda, quizás acrecentada en gran medida por el avance de la investigación sobre los servicios ecosistémicos, es una meramente utilitaria: los seres humanos necesitamos de la naturaleza para vivir. Entiendo entonces, que la base misma, las raíces de este árbol llamado conservación biológica, emerge desde la subjetividad de nuestros valores y apreciación de la realidad. Sin embargo, en todas nuestras reuniones científicas, herpetológicas, conservacionistas, nos olvidamos de la motivación misma de nuestro quehacer, nos olvidamos de discutir sobre las raíces de nuestro árbol. En otras palabras, nos olvidamos alimentar este árbol. Y un árbol que no recibe alimento, como cualquier otro ser vivo que se precie de tal, tiene un futuro predecible. Fíjense que poderosa es esta palabra “discutir”: examinar atenta y particularmente una materia desde diferentes puntos de vista. ¿No debería ser entonces, me pregunto yo, parte de nuestro quehacer científico discutir sobre nuestra percepción (limitada) de la realidad?

La realidad, percibida como tal, no existe en este plano de existencia, ese es un hecho que soporta cualquier intelecto y escrutinio científico. Me explico. Cada uno de nosotros construimos nuestras realidades basados en nuestra percepción del entorno, ayudados por nuestros sentidos, por nuestra mente y por nuestras experiencias. Por lo tanto, difícilmente existe una sola realidad. Sin embargo, en nuestra percepción de la realidad somos seres que nos sentimos altamente seguros de nosotros mismos; creemos que nuestros aparatos de medición (sentidos y mente) están libres de error. ¿Tiene esto algún sentido? Cuando en nuestro quehacer científico, con nuestros miles de métodos estadísticos, lo único que tratamos de reducir es justamente eso: el error. ¿Por qué, entonces, no podemos detenernos a discutir por un segundo sobre la posibilidad de que nuestra percepción de la realidad tenga cierto grado, en menor o mayor medida, de error asociado? En particular, nuestra percepción de que las especies invasoras son “dañinas” solo porque son “invasoras”.

Individuos de rana africana, una increíble especie de anfibio altamente adaptada a la vida acuática. (Autor fotografía: Claudio Soto)

Nos sentimos tan seguros de nosotros mismos, que estamos 100% seguros de que lo que hemos etiquetado como especies “invasoras” son seres “dañinos”; que depredan, hostigan, compiten, transmiten enfermedades a nuestras queridas especies “nativas” (y cualquier otro aspecto negativo del que se les pueda inculpar a tan viles seres). Sin embargo, hasta donde sé, para un buen porcentaje de las especies categorizadas como invasoras no contamos con la evidencia “científica” de todos los cargos imputados. Como lo veo actualmente, el odio a las especies invasoras (y sí, es odio, solo basta con ver los comentarios que en redes sociales algunos amantes de la herpetofauna nativa hacen en relación con la rana africana) es más similar a la xenofobia que a cualquier otra cosa (“la xenofobia es el miedo, rechazo u odio al extranjero. Con manifestaciones que van desde el rechazo, el desprecio y las amenazas, hasta las agresiones y asesinatos.”).

Otra pre